MELANCOLÍA (breve alabanza a la mala vida)

“… pudiéndose por tanto afirmar que la melancolía tiene lugar tanto por la ausencia de aceptación de la pérdida como por la resignación ante la falta del objeto amado…”

Una mañana cualquiera. Podría ser, por ejemplo, por decir una fecha al azar, totalmente al azar, la mañana del 24 de Mayo del año 2017. Recorriendo los pasillos del supermercado, decido añadir al carro algún capricho que pueda hacerme aún más placentera la final de la Europa League, que evidentemente no pienso perderme. Algo tipo pizza o patatas fritas, y por supuesto alguna cerveza que esta vez no será Cruzcampo ni nada que se le parezca. Algo que sea rollo belga o alemán. ¿Paulaner, Leffe, Franziskaner? No sé, ya veremos. A ver qué encuentro. Ya me imagino varias horas después: en casa, tranquilidad máxima, medio tirado en el sofá, en calzonas, la tele grande, los ganchitos, la cerveza, el partidazo… “joder, esto es vida”.

Un momento… ¿esto es vida? Y es en ese momento cuando el subconsciente me empieza a dar vueltas a velocidad vértigo y el cuerpo, por oposición y sin darme cuenta, se mantiene ahí parado: sí, ahí, todavía en el pasillo del supermercado. El cuerpo se paraliza unos segundos. La mente recorre varios años.

Vida no es estar tranquilo tirado en un sofá, sabiendo que si algo se te ha perdido, será probablemente el abridor de botellines, que por cierto encontrarás pocos segundos después en el cajón de al lado. Vida es tener las carnes abiertas sabiendo que estás (por ejemplo, otra vez al azar) en Holanda, en Escocia, en Italia, en Polonia o en Suiza y que si algo se te pierde o se te olvida (¿el DNI, el pasaporte… la entrada?) estarás bien jodido y en un buen lío o habrás metido una cagada de las que no se olvidan nunca, ya vivas 100 años más.

Vida no es haberse pegado ayer una tarde-noche de putísima madre y haber dormido a pierna suelta, como nunca, ocho o nueve horas. Vida es estar toda la tarde nervioso, repasando mentalmente decenas, cientos de veces, esa cartera, esa mochila, asegurándote en bucle de que sí, que sí, joder, QUE SÍ, COJONES, que está todo. ¿Y dormir? ¿DORMIR? Ja. Ni las tres horitas de tregua antes de ir al aeropuerto. Ya sé que no merece la pena ni intentarlo. Después de tantas veces, ya lo aprendí.

Vida no es invertir 4 euros en una apuesta segura, sabiendo que tu única opción es estar de escándalo. Vida es gastarte 400, 500, 600 euros, en presenciar in situ uno de los eventos más felices de tu vida… o no. Nuestra derrota en una final de la UEFA es una experiencia todavía desconocida pero también una amenaza siempre latente.

Vida no es que no te duela nada. Vida es que te duela todo. Vida no es no tener sueño. Vida echar de menos aquello que se llamaba dormir. Vida no es la cama y la almohada, vida es el suelo de un aeropuerto. Vida no es comida caliente y cerveza fría, vida es bocadillo frío y cerveza caliente.

Vida es mirarse al espejo una vez que todo ha terminado y darse cuenta de que, efectivamente, has vivido, VIVIDO TANTO, que en un día y una noche has envejecido un año entero.

  • Disculpe, joven. ¿Me permite?”

Despierto todavía en el supermercado. No sé cuánto tiempo ha durado el trance. Probablemente no mucho, pero después de viajar mentalmente tantos kilómetros, tantos años, me parece increíble seguir aquí. Es tan evidente que sigo un poco en shock que la señora duda un poco y finalmente se atreve a preguntar:

  • “¿Estás bien? ¿Llamo a alguien?”

Ha llegado el momento de arrancar y seguir la compra con normalidad, antes de que alguien me tome por loco, por aún más loco. Vuelvo a empujar el carrito y echo a andar poco a poco.  Antes de alejarme, me despido de la mujer con una sonrisa triste.

  • “Nada, señora. Melancolía.”

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